El escritor como lector: Flavia Pittella

Desde las primeras lecturas de su infancia platense hasta la actualidad en la que ve crecer el club de lectura virtual que ha fundado en Facebook –Comisión de Lectores, con más de tres mil participantes– y la columna radial en la que recomienda libros y autores, esta infatigable lectora, traductora, catedrática y difusora de la obra de Shakespeare ha conjurado el placer llevándolo a un presente perfecto. Compartimos su trayectoria lectora en la entrevista que sigue, donde, salvando toda frontera de modas y formatos, sigue contagiándonos su pasión por la literatura.

–¿Se leía en tu casa? ¿Se hablaba de libros?
–En casa mi madre, costurera de oficio, siempre leía (sigue siendo una gran lectora hoy en día). Recuerdo muy claramente cuando llegaba a casa con su bolsita de nylon blanca que traía de la compraventa de libros en diagonal 80 en La Plata. Muchas veces la acompañábamos, pero en general iba sola. Viéndolo a la distancia, creo que era su momento de soledad ansiado. Volvía con una mezcla extraña de libros: clásicos, Corin Tellado, best sellers. De todo un poco. Yo me acercaba a su mesita de luz para robarle libros prohibidos. Recuerdo que llegué a El resplandor, de Stephen King, un verano en el que descubrí que el terror podía darte miedo incluso si estabas leyendo en el parque mientras tomabas sol.

–¿Cómo aprendiste a leer?
–Me cuentan en casa que leía todo lo que se me cruzaba, especialmente los carteles en la vía pública, cosa que resultaba muy exasperante para los acompañantes del auto, ya que debían completar la lectura de los carteles que yo no llegaba a terminar de leer. Tengo conciencia de leer desde muy pequeña, cuatro o cinco años.

–¿Cuándo descubriste el placer de leer, esa sensación de conseguir intimidad con un texto?
–Tengo muchos registros y muy variados de encuentros con libros especiales. Recuerdo unos muy chiquitos de una colección infantil que traía El lagarto Juancho, La tortuga D’Artagnan, Los tres mosqueteros. Luego tuve una época de fascinación por Asterix y por la colección Billiken (creo que la leí toda). Si tengo que elegir, mi recuerdo más vívido de intimidad con un texto fue cuando muy de pequeña leí Chico Carlo de Juana de Ibarbourou. Aún hoy tengo presentes las diferentes sensaciones que me generó esa lectura. Tal vez era demasiado pequeña y el universo surreal de ese libro fue subyugante. Nunca miro una mancha en una pared de manera inocente. Y cuando me encuentro con esas escaleras antiguas, con escalones de mármol y plantas colgantes miro, y a estas alturas ansío, encontrar a Chico Carlo. Creo que todos los niños deberían leer este libro, es impactante.

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