Guillermo (Willy) Schavelzon reflexiona sobre Cómo hacer para ser publicado

En exclusiva para La balandra, uno de los agentes literarios más influyentes de la actualidad, dueño de la agencia que lleva su nombre y que representa a muchos de los más reconocidos narradores contemporáneos, responde –desde una visión avalada por cuarenta años de trayectoria y que él define con modestia como “muy personal”– a la pregunta que todo escritor se hace, sea principiante o no y nos brinda, de paso, el íntimo recorrido de su experiencia en el oficio de la edición.

1. El libro que no existió

Hace doce años dediqué un mes entero de vacaciones en Colonia del Sacramento a escribir un libro práctico que se iba a llamar Cómo hacer para ser publicado. Llevaba meses leyendo libros sobre el tema, casi todos estadounidenses y sólo un par de franceses. Lo organicé en doce capítulos, desarrollé la síntesis de cada uno, escribí más de cien páginas… pero allí quedó, nunca llegué a terminarlo.

Hacía tres años que había dado por concluida mi carrera de editor, mejor dicho, de directivo de grandes editoriales en Buenos Aires, México, Madrid y Buenos Aires otra vez. Había cumplido cincuenta años. Un año atrás, después de la feria de Frankfurt, tomando café con Lidia en la Plaza San Wenceslao de Praga, dije basta, esto se terminó. Y no me estaba refiriendo a ella.

 

2. Primero, una digresión

Mis comienzos fueron tan apasionantes como azarosos. En los agitados años sesenta, tuve mi primer trabajo en la editorial de Jorge Álvarez. A los diecinueve años me inicié en un trabajo que me ofrecería una experiencia absolutamente esencial para mi vida profesional futura. Eran otros tiempos, los escritores pasaban a diario por la editorial, que se había convertido en punto de reunión. Así se fue dando una rutina en la que cada día tomaba un café con los escritores que publicábamos: Rodolfo Walsh, David Viñas, Paco Urondo, Tomás Eloy Martínez, Rogelio García Lupo, el padre Mujica, Haroldo Conti, y los jovencísimos Ricardo Piglia y Juan José Saer cada vez que “bajaba” a Buenos Aires. Un prometedor Germán Rozenmacher, Manuel Puig, Héctor Tizón y algunos más que ahora no recuerdo. Muchos de ellos habían llegado a través de Pirí Lugones, que trabajaba con nosotros, en un período estimulante y pródigo de la vida cultural argentina que –me temo– no volverá.

Nuestro lugar de reunión era un bar horrible y desangelado de la calle Talcahuano, cerca de los Tribunales. Jorge Álvarez, entonces un audaz editor de vanguardia, fue el primero en publicar a la mayoría de ellos, y también a un brillante Carlos del Peral, y a Quino, en esos años un ilustrador más –genial, desde el comienzo– del diario El Mundo que cerraría poco después.

Por desacuerdos con Jorge Álvarez (hace poco, con ochenta años, me dijo que los iba a contar en las Memorias que está escribiendo), me fui. Terminé instalándome muy cerca, abrí la editorial y librería Galerna con el apoyo de Ángel Rama, que en ese entonces dirigía la editorial Arca en Montevideo y era el crítico literario del semanario Marcha. Cuando llegó el día de la inauguración de la librería en la calle Tucumán, Jorge Álvarez ya había cerrado.

Ese momento tan singular de la historia de la cultura argentina, cargado de efervescencia política, tuvo consecuencias también en el mundo del libro. Algunas, vistas desde mi perspectiva actual, son sólo anécdotas, otras alcanzaron a marcarme más profundamente.

Tuve una escalada de problemas, desde la publicación de la revista Los Libros, que me llevó a un largo interrogatorio en la Policía Federal, hasta la venta de los Cuadernos de Pasado y Presente que Pancho Aricó publicaba en Córdoba. Sin duda la publicación, entre muchos otros títulos contestatarios, de La Patagonia rebelde de Osvaldo Bayer, fue la causante de un largo exilio en México. Un país que me permitiría adquirir otra visión del mundo editorial. Allí me inicié como director editorial de Nueva Imagen, lo cual implicó la internacionalización de mi carrera profesional.

Ese exilio terminó once años después, cuando regresé a la Argentina a cargo de la editorial Alfaguara, la misma que luego me trasladaría a Madrid para dirigir las ediciones del diario El País y la editorial Alfaguara. Casi tres años después de intenso movimiento, regresaba otra vez a la Argentina, esta vez como director general del área libros del grupo Planeta.

Esta disquisición vale para explicar que en mis años de trabajo he aprendido mucho sobre el tema que nos convoca. Cómo hace un escritor para publicar es una pregunta que ha ocupado un lugar central en mi quehacer diario. Sin embargo, ahora mismo no podría dar una respuesta asertiva. La experiencia ha complejizado mi visión del tema.

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