En Suplemento Cultural “La Palabra” · 24-02-2014

En el Suplemento Cultural “La Palabra” del diario La Opinión de Rafaela, Provincia de Santa Fe.

Fecha: 24/02/2014

ALEJANDRA LAURENCICH, ESCRITORA

Las letras por encima de todo

Alejandra Laurencich

Rodeada de palabras: el mundo personal de Alejandra Laurencich

Cursó siete años de Bellas Artes, en las escuelas Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón y dos años de cinematografía. Participó casi una década en el taller de Liliana Heker. Actualmente, esta porteña nacida en los sesenta, es escritora, coordinadora de talleres literarios y supervisora de obra literaria. Compartió su tiempo con LA PALABRA para contarnos de su experiencia con el arte, y como fundadora y directora de la revista “La balandra, otra narrativa”.

LP – Ser escritora: ¿vocación, profesión, desafío? ¿Cómo se dio esa situación?

A.L. – Siempre tuve un vínculo muy estrecho con la palabra, desde muy pequeña, tres o cuatro años, miraba las revistas o libros que leían los mayores en mi casa y me fascinaba esa cantidad de gráficos inexplicables, a los que los grandes les encontraban lógica y sentido, y yo trataba de penetrarlos, de exprimirlos digamos, para ver si lograba captar qué expresaban. En la escuela, aunque era muy buena alumna, mis materias preferidas eran, aparte de la plástica, todas las que tuvieran que ver con la expresión verbal, ponía empeño en darle una vuelta de tuerca a cualquier composición u oración requerida, incluso en las que había que armar para análisis sintáctico. Quería que expresaran algo particular, algo mío. Escribía y leía mucho, tanto que uno de mis hermanos -todos eran muy lectores en casa- una vez me encontró escribiendo una especie de poema catártico en la terraza y me dijo: Vos sos una vate. Yo tendría nueve años ¿Vate?, le dije, y eso qué es. Buscalo en el diccionario, fue su respuesta. Cuando leí en el diccionario “Vate: poeta, adivino”, sentí por primera vez una emoción enorme, la definición me hacía sentir yo, era así como que alguien hubiera descubierto mi intimidad. Siempre escribí poemas y algún que otro relato, pero era tan natural la tarea que jamás imaginé que podría dedicarme a eso, hasta que, después del nacimiento de mi primera hija, yo tenía unos veintitrés años, empecé a escribir una novela sobre una historia que tenía hacía años dando vueltas, y que incluso compartía oralmente con mi hermana. Así descubrí el oficio de escribir narrativa, ya tenía siete años de Bellas Artes y dos de Cine encima, pero dije, sin dudar: esto es lo mío, no importa que pase hambre o que tenga que trabajar de lo que sea, voy a escribir narrativa toda la vida.

LP – ¿Qué objetivos se propuso cuando decidió dedicarse a la literatura?

A.L. – Dedicarle todo el tiempo libre que tenía, y hacerme espacio para que ese tiempo creciera, dedicarle toda la energía, porque escribir me daba una felicidad y un alivio que no había encontrado en la plástica, aunque fui mejor promedio en la escuela de Bellas Artes y me encantaba el cine. El oficio de escribir era algo fascinante.

LP – ¿Reconoce maestros para destacar en la formación que tuvo?

A.L. – Sí, en principio Ana María Shua, a quien llevé la novela terminada, mi primera novela, que tenía unas ochocientas páginas. Ella me dio consejos fundamentales, como que nunca hay que justificar lo que uno escribe, no hay que encontrarle un mensaje, una utilidad. Porque yo me sentía un poco deudora al escribir algo que no tenía un propósito, que era pura y simplemente una historia que yo quería contar. Ella me aligeró de esa carga autoimpuesta, de encontrarle sentido a las historias. Y también me dijo que hiciera taller, fue así como conocí a Liliana Heker, con quien me formé en el oficio, y dentro del taller conocí a muchos escritores con los que compartíamos lecturas, inquietudes, uno de ellos, Juan Sabia, me dio consejos invalorables para escribir diálogos, por ejemplo.

LP – ¿Cuánto importan los premios en la carrera de un escritor?

A.L. – Los premios sirven cuando uno empieza para dar estímulo, para -de algún modo- poder legitimar lo que uno hace, porque hay una especie de “presión, o exigencia social” hacia el que empieza, si no es publicado pareciera que no merece llamarse escritor, no importa cuán comprometido esté con la tarea de escribir. Entonces, en ese contexto, ganar un premio es como “recibirse de”. Los demás, los que no escriben, que por lo general son el ambiente que rodea a un principiante, comienzan a mirarlo a uno con más respeto, y eso da tranquilidad, porque otros escritores han hecho la venia, digamos, para avanzar en el camino.

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